Como cada mañana, se dispuso a leer el periódico mientras se tomaba el café amargo y negro.
Lo abrió por las páginas de sucesos de su ciudad, el resto de las noticias no le importaban pues eran calcadas de un día para otro, la política, las guerras y demás historias no le producían ninguna emoción.
Pasó los dedos sobre los sucesos acaecidos el día anterior buscando nerviosamente algún artículo que llevarse a la boca. Parecía que hoy las noticias no traían sucesos que le conmovieran. Se equivocaba, en la esquina inferior derecha, escrita con indiferencia, estaba lo que buscaba.
“Un hombre de 45 años ha sido detenido por propinarle una paliza a su mujer.”
La noticia no daba muchos más detalles, dejando a la lectora con una sensación de vacío.
Se levantó cogió unas tijeras del cajón, recortó la noticia y la guardó en el álbun de recortes.
Se vistió y salió hacia su trabajo en el pequeño hospital.
En un descanso, se acercó hasta la habitación de la mujer de la noticia.
No había nadie con ella y entró.
La mujer tenía la cara desfigurada de los golpes, no se podía decir si era atractiva, por la inflamación negruzca y tumefacta de la cara, acurrucada sobre sí misma y con la vergüenza asomándose al pedacito de ojos que a duras penas conseguía mantener abiertos La saludó y mantuvo una conversación insustancial con ella para darle confianza y ánimo. Se despidió y le prometió pasar al día siguiente a saludarla.
La visitó durante los días que estuvo ingresada en el hospital ganándose su confianza y acumulando datos sobre su vida, su marido..., que luego, apuntaba cuidadosamente en un cuaderno que guardaba junto con los recortes de prensa.
Con todos los datos necesarios atesorados y con la sentencia del agresor por la cual solo se le había condenado a una pequeña multa y una orden de alejamiento ridícula, trazó su plan.
Se duchó y se arregló con esmero, al gusto de quien pretendía conquistar y fue en busca de su presa.
Lo encontró sentado en la barra de un elegante bar, acompañado por otros como él, que le reían las gracias. Era el gallo del corral.
Se sentó donde pudiera verla, se insinuó con gestos y miradas que llamaron su atención.
Él reía, desplegando su atractivo como un pavo real.
Lentamente se acercó a ella y le invitó a una copa. Charlaron durante un rato y se fueron juntos, mientras paseaba sus manos con tacto de serpiente por su cuerpo.
Montaron en el coche y se dirigieron a un pinar cercano.
Empezó a besarla y sobarla, ella le apartó un segundo para hacerle una confesión.
Sabes que esta es mi vocación.
¿Cuál, ramera? - Dijo él.
No, - contestó ella- castradora.
Se le desorbitaron los ojos y un alarido de terror salió de su garganta mientras contemplaba sus genitales balanceándose delante de sus ojos,
Rosa M.