Entre los papeles del viejo baúl del abuelo, la señorita Adela encontró la receta para la extracción de la ricina. Lo estudió con aplicación y siguiendo todos los pasos con detenimiento extrajo el potente veneno. Exhausta se fue a dormir.
Al día siguiente se levantó con ganas de cocinar. Preparó la masa con cuidado, midiendo los ingredientes con precisión y solo añadió a mayores el resultado de la ponzoñosa extracción. Cuando la masa hubo reposado la vertió con mimo en los moldes blancos de papel y horneó.
Unas magdalenas apetitosas salieron del horno. Mientras canturreaba preparaba las bandejas con el mortífero manjar.
Cuando terminó lo metió en el coche, se arregló frente al espejo y se fue a trabajar.
Con una sonrisa ofreció su regalo mortal de despacho en despacho. Nadie se resistió a probar…
Los teléfonos no callaron en todo el día, sin tener quién escuchara sus insistentes lamentos. Cuando se percataron del silencio reinante, ya era tarde, estaban casi todos muertos. Solo una extraña secretaria canturreaba mientras paseaba entre los apestosos y retorcidos cuerpos.
Rosa M.